domingo, 25 de octubre de 2009

LUCIDEZ PATERNAL
7:29 p. m.

LUCIDEZ PATERNAL

Imagen by March F



Cuando me llamaron no supe que hacer. Si a Piedad la están llevando de emergencia es porque algo grave pasa, pensé. Apenas pude coger un taxi y estuve dispuesto a pagar lo que fuese con tal de estar a su lado en ese instante, lastima que no tenía mucho dinero.

- Un boleto para Piura, por favor.

- Son ciento veinte dólares.

- ¿No hay alguno más barato?

- Hay un pasajero que está vendiendo su boleto a sesenta.

- Lo compro.


Y lo compré. Ni bien me el avión se dispuso a transitar por los aires limeños tuve que apagar mi celular. ¿Si algo sucede y no pueden comunicármelo? Mi cabeza estallaba con tanto stress y me separaba de Piedad solo la barrera del tiempo. Al recostarme sobre el hombro izquierdo me quedé completamente dormido. Veía el mar en mis sueños. Era un mar negro y una pequeña balsa donde Piedad estaba llorando con un bulto blanco en sus brazos. Yo, aterrado, gritaba su nombre a voz en cuello; ella no oía nada. De las penumbras, una multitud vestida de luto empezó a emerger. Se veían elegantes, con gafas oscuras y velos de tul lúgubres, nadie se percataba de mi presencia.


De repente el oscuro mar se convirtió en una verde pradera. Empezó a llover. Reconocí apenas el lugar. Lloraba, lloraba tanto como cuanto enterramos a mi abuelo. Lloraba y gritaba. La gente Se iba cerrando delante de mí. Ya no podía ver a Piedad, solo veía el gentío oscuro a los lejos. En ese momento la azafata me despertó. Faltaban veinte minutos para llegar y me pidió que me abrochara el cinturón. Me miraba con ternura como si fuera un niño.


Al bajar del avión casi me agarran a balazos. Sin darme cuenta había empezado a correr como alma que lleva el diablo y los oficiales me detuvieron.

- ¿De dónde viene?

- De Lima.

- ¿A qué?

- Mi esposa esta en emergencias, creo que dará a luz.

- Ya veo

- ¿Me puedo retirar?

- No, tenemos que elevar un parte por incidente menor.

- Pero señor, mi esposa va a dar a luz.

- Lo siento, estos trámites también me incomodan.


Observé al oficial retirarse y suspiré. Me puse a pasear de un lado al otro en la pequeña habitación. Uno de los guardianes me ofreció un cigarrillo y al primer golpe me atoré. Llevaba seis años sin fumar. Desde que acabé la universidad Piedad procuró que yo dejara el tabaco, y así lo hice. Cada bocanada de humo que entraba duramente y me destrozaba la garganta, me dejaba un sabor amargo. Mi desesperación se acrecentaba porque me retuvieron también el celular. Incomunicado y asfixiado por el humo que se acumulaba en la sala, me caí en peso sobre el mueble – silla metálica e incómoda – que dispusieron para que espere.


La cabeza me estallaba y casi por instinto cerré los ojos. Recordé a mi padre en la misma situación cuando José – mi hermano menor – estaba por venir al mundo. De alguna manera para él fue más fácil. En ese tiempo no había celulares y, además, se paseaba impaciente en la sala de espera del Rebagliati, a dos metros de la sala de parto, y no en un apesto cuarto de interrogatorios. La imagen parecía un partido de tenis. Yo le seguía con la mirada y no comprendía por qué se impacientaba tanto. José nació muy bien. Tres kilos seiscientos. Mi padre orgulloso salió corriendo del hospital para avisarle a mi abuelo. Corrió como corría yo cuando terminaron de elaborar el parte y pude tomar un taxi hasta la clínica.


En la sala de espera me identifiqué más. Veía rostros acongojados, entre ellos el mío pasaba inadvertido. El doctor Rodríguez gritó – por enésima vez, me dijeron – mi nombre y, al igual que un sabelotodo en clase de historia, levanté mi mano orgullosamente. Me miró apenado y me hizo pasar a su oficina.

- La señora Piedad tuvo un contratiempo.


Me helé. En mi cabeza empezó a expandirse una de esas nubes que suelen aparecer en las historietas. Se reprodujo la escena de Piedad arrodillada en una tumba, rodeada de personajes con ropajes oscuros. Sola. Porque todos me cerraban el paso cuando quería llegar a ella, llegar y abrazarla, tratar de unir su cuerpo al mío para compartir la pena. No prestaba atención a las palabras del doctor, era como si fuese el fondo musical de mis banales pensamientos. Estaba resignado y pálido, seguramente. Me paré como zombie y cogí un vaso de agua; mientras lo apretaba pude evocar algunas palabras.

- ¿Qué significa eso doctor?

- Tenemos que hacer una cesárea.

- ¿Mi hija tiene posibilidades de vivir?

- Sí, pero hemos encontrado algo.

- ¿Qué, doctor?

- Padece el síndrome de Down.


Desperté de mi letargo. Estaría bien, pero tendría síndrome de Down. Piedad alguna vez comentó que ante ese caso existía la posibilidad de no hacerla nacer. Me resistí aquella vez y cuando Rodríguez me lo dijo hice explotar el vaso de impotencia. Decidí ocultarle la verdad a ella hasta que naciera la niña, hasta que esté fuera de peligro.


Tal vez cuando salí de la oficina me sentí más ligero. Estaba a metros de ella como mi padre cuando José nació. Sigo pensando que él la tuvo más fácil.

La siguiente media hora estuve más relajado que cuando llegué al aeropuerto, mis ojos pasearon sobre las hojas de revistas de política, espectáculos y de maternidad. Me imaginaba a mi hija con las ropitas que ofrecían en los catálogos. Me obnubilé con la belleza que tendría, su alegría innata. Me conmoví y cuando me paré frente a u espejo que estaba en la sala, encontré mis ojos aguados.


El doctor Rodríguez me dijo que todo había salido bien, que mi esposa descansaba y que la niña estaba siendo atendida. Me puse muy feliz y quise verla. La sala de incubadoras estaba repleta de recién nacidos. A15. Era el número de la incubadora donde la ponían justo cuando me pegué al vidrio. Quince como los años que tenía Piedad cuando se metió en mis pensamientos. ¿Cómo le diría que la mayor alegría de nuestras vidas padece síndrome de Down? Antes de responder la pregunta, ya divagaba por la Av. Grau. Caminaba sin rumbo, buscando la manera de que entienda que era lo que habíamos esperado hace años. Divisaba, como si alguien las hubiera puesto ahí, a parejas y a las madres que paseaban a sus hijos por los parques aledaños.


Cruzaba el puente casi sin darme cuenta y al alzar la cabeza la basílica de María Auxiliadora me propinó una sombra acogedora. Pensé en entrar, y lo hice.


Hace mucho que no pisaba el suelo de una iglesia. Me sentí intimidado, como si todos los santos y todos los ángeles fruncieran el ceño al verme caminando por esos pasillos. Con Piedad habíamos acordado bautizar a nuestra hija en ese templo. Me arrodillé en al primera banca e imaginé cómo el sacerdote nos invitaba a acercarnos para confirmar el nombre de nuestra hija. Al levantar la mirada mientras pensaba en su nombre, pude divisar un letrero. “No le digas a Dios que tienes un gran problema, dile al problema que tienes un gran Dios”. Me armé de valor y salí del templo rumbo a la clínica. Dejé algunas monedas al salir y los santos dejaron de ser hoscos.

Ella estaba en la habitación 103, en maternidad. Todavía no le habían traído a la niña. Me recosté a su lado y la abracé, solíamos hacerlo de adolescentes; me miró enternecida, sonrió. La besé y congelamos el tiempo, fue un beso con ese amor que parece que te va a estallar en el pecho, que no se puede contener, que amenaza con explotar. El doctor ingresó a la habitación pidiendo disculpas y tras de él la enfermera traía a nuestra bebé. Noté en el rostro de Piedad algo extraño.

- ¿Qué tiene ella, doctor?

- Su hija padece el síndrome de Down.


Se echó a llorar y nos dejaron solos por indicación mía. Hace nueve meses estaba tan alegre por la llegada de un bebe a nuestra vidas y cuando nace derramaba lágrimas sobre ella, yo me puse duro para que se sienta protegida. Es que es difícil ser padre por primera vez a los 45 años.

- ¿Qué haremos, Samuel?

- No lo sé

- ¿Hemos esperado tanto para que nos ocurra esto?

- No te preocupes, mujer. Dios proveerá.


Y nos quedamos abrazados los tres por toda la eternidad.

1 comentario:

  1. mmmmm bueno XD.... yo tb tngo un cuento sobre una chica con sindrome de down pero ya es sobre su vida como mayor, su vida realizada, es sobre com o puede repercutir ella en la sociedad, es un tema muy en voga en la sociedad, me parece bien que lo hayas tocado, esta narrado agilmenet, aunque podrias haberlo narrado mejor, pero en fin para ese titulo tendria que haber habido un contexto mas lleno............................ Un consejo de ajotaerre

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