
LA HOGUERA DE LA PALABRA QUEMADA
Me levanté del corroido asiento del wolkswagen azul que mi viejo me había regalado en la graduación de lingüistas. Encendí el motor- con la sensación de tener los cesos dilatados- y salí de la cochera. El perucho extendió la mano y me miró de soslayo, como acusándome de ser un alcohólico. Bueno, al menos yo lo sentí así. El perucho iba en un BMW que le había sacado a una señora...